Mientras acababa de colocar el último par de velas y mordisqueaba distraída una de las pastas, paseaba silenciosa revista a mi alrededor.
Volví junto a la ventana. La lluvia caía silenciosa e ininterrumpidamente. Me había mudado a aquel antiguo almacén hacía unos dos meses y sólo ahora estaba acabando de amueblarlo.
Incluso así, muchos de los estantes de las distintas librerías estaban aún vacíos y quedaban algunos artículos en el trastero que no había tenido tiempo de revisar y colocar.
Tenía la esperanza de irlos situando según fuera conociendo las necesidades del barrio para crear así un lugar acogedor.
La tetera silbaba. ¿Habrá sido una buena idea sacar la porcelana azul? Esponjé por enésima vez los sillones del fondo, donde había habilitado una zona para lectura tranquila y miré con tristeza las escasas revistas. Además, algunos periódicos se habían mojado con las últimas lluvias y ahora aparecían algo borrosos. Esperaba que no tardaran en secarse.
De todas formas no podía negar lo mucho que me gustaba el olor a mojado mezclado con el del chocolate y café caliente que llegaba desde la cocinita.
Y las mesas de tertulia junto a la puerta estaban listas, pegadas al acceso a la sala principal.
Tenía preparadas las carpetas en las que ir guardando ordenadas las conversaciones antiguas.
Pero estaba casi vacía la sección de arte.
No, no sería una gran inauguración, pero al menos iría conociendo a los parroquianos.
Finalmente me aseguré de que el buzón de sugerencias fuera bien visible ya desde la entrada y salí. Con un último suspiro resignado colgué el cartelito en la puerta: